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Un viaje por Playa del Carmen: Crónica de viaje

6/03/2015 dejar comentario
En esta crónica se relata un paseo a Playa del Carmen, los lugares que hay que visitar y qué es lo que encontrarás en este paradisiaco lugar, ya sea para pasar tus próximas vacaciones o simplemente para conocer este lado tan bonito de México. 

La ruta carretera hasta Playa del Carmen, en el bello estado de Quintana Roo en la República Mexicana, está claramente explicada (número de carretera, tiempo, costo de peaje) en el sitio web de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes.

El Paisaje camino a Playa del Carmen

A medida que disminuye el bullicio de la gran ciudad el camino se torna verde, húmedo y tibio. El ruido de los motores de la ciudad da paso al chirriar de grillos, chicharras y gorjeo de muy diversas aves de colores.

Los anuncios espectaculares son sustituidos por infantiles dibujos blancos y grises sobre un intenso fondo azul. Por momentos al aproximarse a Playa del Carmen, se atisba, entre la espesura de la selva de Quintana Roo, lo que parece ser el cielo, lo que parece ser el mar. El corazón del deseoso viajero se acelera. 

De pronto la selva se interrumpe dando paso al anhelado cielo-mar de insospechados tonos de verde y azul que se entremezclan según la altura, la profundidad, la presencia de nubes, la existencia de algas, dependiendo de la voluntad (que no capricho) de la Naturaleza. Un poco más allá unas palapas con techo de palma que dan sombra a quien quiera disfrutar sentado del paisaje.

Construcciones pequeñas, restaurantes de mariscos atendidos por familias, casas de un piso bien pintadas, cuidadas... Se percibe un equilibrio entre los pobladores y su entorno natural.

Se continúa la carretera rumbo a Playa del Carmen subiendo por algunos pasos a desnivel que dejan ver el mosaico de ciudad - selva. Se constata la espesura de la flora al pasar cerca de la orilla de la selva y no poder ver ni medio metro hacia adentro.

Qué vemos en Playa del Carmen


Segundos pisos en construcción y super carreteras llevan al viajero a los grandes hoteles de cadenas internacionales. Derroche de espacio, varias albercas, kioscos con bebidas, restaurantes de playa, cuartos con jacuzzi, en lugares estratégicos minúsculas y estéticas jardineras con orquídeas para aparentar respeto y protección a la naturaleza. 

En el predio contiguo se taló la selva para construir un precioso y antiecológico campo de golf que por lo menos dará trabajo a varios compatriotas que se dedicarán a regarlo, cortarlo, deshierbarlo y mantenerlo aséptico por muchos años.

Dilema: civilización o naturaleza
Dejar la naturaleza que crezca y se desarrolle a su libre albedrío, sin poder ser disfrutada por el género humano o usarla para la conveniencia y disfrute ilimitado de la gente.


Red Frog Beach, el lugar indicado para surfear en Bocas del Toro


En esta playa panameña se puede descansar y hacer surf mientras se interactúa con las exóticas ranas rojas.

Sin llegar a estos extremos habría que preguntarse hasta dónde se puede explotar conservando su esencia, cómo convivir con ella disfrutándola y procurando que las personas originarias del lugar reciban algún beneficio de su uso.

Como vacacionista se puede apoyar los proyectos que combinen naturaleza y desarrollo "civilizado", aquellos que tomen un poco de la naturaleza y la integren a la experiencia, que se conserven las costumbres locales y no se importe un medio ambiente sin lagartijas o grillos, que permita contemplar las estrellas de una noche clara.

Frecuentemente se piensa en el género humano como distinto de la naturaleza, muchas veces como su enemigo. Lo cierto es que la humanidad y la tierra forman parte de una entidad indisoluble. Por milenios se ha tenido que vencer a la naturaleza quien, por otra parte, también puede ser amenazante con sus mosquitos que transmiten enfermedades mortales hasta sus sismos y huracanes y ciclos de cambios climáticos. Ya es momento de la reconciliación encontrando esquemas más amigables de crecimiento junto con el medio ambiente del que la humanidad forma parte.

escrito por Fernando Zamora Banuet
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